Que qué es un “pindongo”, le digo. Tengo que interrumpirla otra vez, está vuelta hacia dentro, o quizás en otro lugar, tal vez la plaza del pueblo, o la calle empinada y sin asfaltar donde antes vivía. Que el novio de la tía Emilia (la del “pindongo”) era un “desficasiat”, que no tengo ni idea de cómo debe escribirse, pero que dice ella que significa descerebrado. Era muy amiga de tu bisabuela, si siempre rondaba por casa, la tía Emilia. No la llama tía porque fuese su tía (tía segunda, eso es, prima hermana de su madre) sino porque en el pueblo todos son llamados así, igual que el “ti Pasqualet” es “ti” o “tío” aunque no tuviera hijos, ni sobrinos, ni familia.
Mi abuelo, que parecía haber tenido la conciencia dormida toda la comida despierta al recordar historias de un pueblo que ya no pisarán más, apostilla que la tía Emilia era una mujer “bien dispuesta”, haciendo gesto de abundancia a la altura de los pulmones, mujer de enorme pitrera.
Que salía con “el Tuso”, pero que este se fue de picos pardos a Macastre y la “ti Emilia” lo dejó. Fíjate que se arrastró, le pedía perdón, pero como esa mujer era un “pindongo” pues nada de nada. Y el Tuso se casó con una mujer (de Macastre precisamente) a los tres meses. Drama fue el suyo cuando supo de la noticia. Y le apañaron una boda con el electricista, el también “tío” Jaimet.
Y como en todas las historias truculentas, el Tuso y la ti Emilia ya casados coinciden (en un pueblo que no debía tener más de un millar o dos de habitantes) en un coche de línea dirección Valencia. El Tuso insiste en verse; la mujer-pindongo, aún enamoradísima, no se resiste mucho, y se ven. Hay que sumar a aquella escena el niño de ella, los tres sentados en el mismo sillón. Y me cuenta las palabras que recuerda de boca de la tía Emilia. Me dia que sentia un no-sé-què al cor, que el cos se li eixia… ja sas com era la ti Emília (habla a mi madre). I el poble escomensà a parlar.
Porque además se debían ver todos domingos en misa, digo, con ansia, quiero entender el universo del que me hablan. No, no iba a misa los domingos la tía Emilia. Luego, cuando murió el ti Jaimet sí. ¡Se volvió más devota…! Le fue a épocas.
No consigo entenderlo. Vivía en pecado y no iba a misa, ríe mi madre, aclarándomelo. Y el pueblo empezó a hablar, no sé cómo debieron enterarse. Sugiero si no sería un hecho revelador el que la devota tía Emilia deje de ir a misa repentinamente. A mi abuela la relación se le antoja de una clarividencia divina, una lógica inhumana que se le aparece sencilla setenta años después.
Se veían en casa de la hermana de la tía Emilia, puerta trasera él (que afortunadamente daba a las eras, a las afueras del pueblo); puerta principal ella. A la hora de la siesta de ese verano, en un pueblo de interior en el que el poniente ruge después del mediodía hasta bien entrada la tarde. Para combatir los rumores de las visitas de un hombre a casa de la “ti Emília”, él, resuelto marchante de vinos o lo que fuera, decide envolverse en una sábana blanca para escabullirse en casa de la tía.
Los rumores mutan: un fantasma acecha el pueblo, viene de las afueras. El Tuso, lúcido personaje real, habla en casa del “Torroner”, fanfarrón de sus escarceos. Digna enamorada, la tía Emilia va a su encuentro por enésima vez y al verlo, sabiendo lo que su amante contaba, lo increpa y le grita, y no sólo eso. Te maldigo: no hablarás más. Emocionada ya al relatar, consiguiendo mi abuela que incluso tome notas (no queriendo dejar que la historia flote en mi memoria, sesgada para siempre) llega al clímax de la historia. Al poco, un cáncer de garganta lo hace enmudecer para siempre.
El resto de la sobremesa, la tía Virtudes o Trinidad o algún nombre con diminutivo es llamada “la moguda” (y que era poseída siempre por el mismo espíritu), también mi bisabuela visitando escéptica a una médium para hablar con su marido recién difunto. Toda esa superstición brilla como rescoldos de un pasado que siento, aunque lejano, muy mío.